Hola! Este sitio está destinado a acompañar mis mates de las 6 de la tarde (generalmente a las 6, pero el horario puede ser otro sin alterar sustancialmente el asunto), con música, reflexiones, y algún que otro comentario...en fin, lo que me parezca de alguna utilidad...







sábado, 4 de junio de 2011

¿Qué es la filosofía?

Para responder esta pregunta, no sería conveniente enfrentarla directamente, sino dando un par de rodeos. Recurro a esta estrategia, porque, en realidad, no creo poder satisfacer su demanda, es decir, dar una definición. Intentarlo, supondría que la filosofía es algo.  Mejor, supondría que se trata de una serie de contenidos referidos a algo, una suerte de cosa que sería lo filosófico.
Sin necesidad de ir más lejos, pareciera que la filosofía entonces es absolutamente inútil, ya que no se refiere a nada. Pero, para no adscribir precipitadamente a su carta de defunción, habría que preguntar tal vez qué es lo que hacen aquéllos que se hacen llamar filósofos.
Generalmente, los que hacen filosofía, podrían darnos varias descripciones de su labor. Algunos piensan que se trata del estudio de la verdad; o acaso el desarrollo de un enfoque con un cierto afán totalizador, que permitiría contemplar “la totalidad de las cosas”. Otros piensan que es la madre de las ciencias, que conoce objetos de una jerarquía superior (tal vez por ese mismo afán totalizador), por lo que éstas deberían ser disciplinas subordinadas a ella. Contra éstos hay los que piensan que la filosofía debería limitarse a engarzar y organizar el conocimiento de la ciencia en una estructura lógica. También están los que dicen estudiar cosas que trascienden nuestra experiencia, y por ende el tiempo. Otros dirán que se estudia la naturaleza del lenguaje, cómo funciona y cómo condiciona nuestro pensamiento imponiendo categorías. Además, quedan otros que dicen que la filosofía consiste en conocer nuestra circunstancia, nuestra existencia efectiva como hombres y seres concretos y situados en la historia.
 Y efectivamente, en gran medida, los que se denominan filósofos intentan este tipo de cosas, o relatan los diversos ensayos que se realizaron a lo largo del tiempo por conseguir estas metas. Como puede verse, y fuera de la simpatía que pueda generar uno u otro modo de hacer filosofía, no sirve de mucho preguntar por lo que los filósofos hacen, porque ellos mismos suponen la existencia de un algo que sería  lo filosófico, y como tienen diferencias sobre qué puede llegar a ser esto, hacen cosas distintas, y en algunos casos hasta niegan el status de filósofos a otros colegas.
Ahora bien, creo que hay que ahondar un poco más esta cuestión. Hasta el momento, tenemos que las preguntas por el qué es, y por el qué se hace, se muestran un tanto desviadas, o no suficientes. Por eso, creo que la pregunta que se acercaría al nervio de la cuestión (parafraseando una pregunta ya clásica en los estudios ontológicos) sería: ¿por qué hay filosofía, y no más bien nada de esto?
Sin duda, que tengamos que hacer este tipo de pregunta es un tanto extraño; ¿por qué habríamos de dudar de lo que se trata la filosofía y de por qué existe? Según las posiciones más universalmente aceptadas sobre su origen, data aproximadamente de los siglos VI o VII A.C. ¿Por qué han pasado más de veinte siglos de filosofía y seguimos tratando de establecer a lo que se refiere y de justificar su existencia? Creo que de estas preguntas podemos obtener dos conclusiones.  Como considero que sería totalmente irracional y una muestra de presunción absurda ir en contra de más de veinte siglos de reflexión sobre el tema, debemos concluir que la filosofía evidentemente existe, pero, si luego de tanto tiempo aún no podemos decir de qué se trata, tenemos que admitir que no tiene objeto alguno. ¿Cómo sería esto posible?
Pues bien, ante este panorama, no queda más que tratar de indagar por su origen, sea lo que ésta sea. Me animaría a conjeturar, en primer lugar, que la filosofía surge de un movimiento en la mente de los sujetos, que es común a la ciencia, al arte y la religión. Este movimiento consiste en ver algo que, en principio, no estaba. Surge como una distorsión de lo que se percibe, de lo que nos es dado. Se trata de una suerte de fractura con lo que se percibe como real. Entonces, el quehacer del sujeto trata de resarcir esta falla. ¿Por qué simplemente no se atiene a las cosas como están? Debemos decir entonces que estas invenciones, entre las que se encuentra la filosofía, aparecen luego de experimentar aversión por la imposibilidad de comulgar con lo que hay.
En este sentido, la ciencia, el arte, la religión y la filosofía emergen como una suerte de resistencia, que se expresa como una especie de esquizofrenia, pero, a diferencia del conocido trastorno psiquiátrico, una de índole conceptual, o de significación. Los esquizofrénicos perciben datos que los hacen creer con seguridad en la existencia de objetos que el resto de las personas no podría evidenciar, por lo que su sentido de realidad se ve modificado. Exactamente lo mismo pasa con estos inventores, solo que en el plano de los significados. Esta diferencia es muy importante, porque el plano del significado no se encuentra en las cosas del mundo, sino en sus bordes.
En un determinado momento de sus biografías, las personas que ejercen en carne propia estas disciplinas (y no tan solo son “profesores”, sino que las incorporan y las viven) comienzan a percatarse que la percepción que tienen de las cosas es diferente y no asimilable a la de todos, y esta diferencia se plasma principalmente en su discurso.
Esta aparición de nuevos planos de significación es el resultado de una búsqueda constante, un permanente análisis de lo que significan las cosas y las palabras, un movimiento que ensaya nuevas conexiones, nuevas formas de acomodar lo dado. En esto descubre nuevas estructuras de percepción (nuevas para el sujeto que experimenta), y por eso modifica su discurso. No pasa por lo que se habla, sino por cómo se lo usa para estructurar el discurso como un todo.
Esto llevaría a la conclusión de que no existen frases o proposiciones estrictamente filosóficas (ni científicas ni artísticas).
Por ejemplo, es habitual escuchar que los físicos tienen una percepción del espacio diferente, eso implica que reaccionarán de otro modo ante un mismo conjunto de proposiciones que hablen sobre el espacio si los comparamos con la gente que no está interesada en el campo. Ellos llegaron a esa percepción del espacio porque comenzaron a vivir como problemáticas ciertas proposiciones referidas a él, y pudieron imaginar a partir de ellas, comenzar a inventar a partir de ellas.
Este estado no supone necesariamente la creación de un lenguaje nuevo, sino una modificación del andamio de significado en el que se sostienen las palabras. Un aspecto bueno de todo esto, y que la diferencia de la esquizofrenia que tratan los psiquiatras, es que al darse en el plano de los significados, puede ser compartida relativamente. Digo relativa, porque el significado que dan los hablantes a las palabras se detecta en el uso que hacen de ella en la totalidad de su discurso, y aunque tenemos por un lado que el lenguaje es público, los sujetos hacen de él un uso particular que, dudosamente pueda ser estrictamente igual al de otro (debería implicar que usarían las palabras exactamente del mismo modo).
Ahora bien, sería necesario concluir entonces que estas cuatro disciplinas que mencionamos surgen como una respuesta de nuestro sistema inmunológico a lo que nos es dado, y que tienen la propiedad de ser relativamente colectivas por darse en el plano del significado. Se aleja mucho del intento por dar una definición, pues no dice absolutamente nada sobre ellas y cómo intentan hacer lo que hacen.
Todo este razonamiento, sin embargo, tiene otro gran defecto. Siguiéndolo estrictamente, deberíamos borrar toda posible barrera entre la ciencia, la religión, el arte y la filosofía. El hecho de que existan como palabras distintas, es suficiente para hacer sospechar a cualquiera que esta tesis se trata lisa y llanamente de un error. Sin embargo, los acusadores seguramente argüirían que se abocan a objetos distintos. Pero aquí se partió de evadir la pregunta por lo filosófico como un objeto. Esta pregunta debería ampliarse a su vez, y preguntar por lo científico, lo religioso y lo artístico. Tal vez esta propuesta descansa en un andamio de significado diferente al acostumbrado. 
Sin embargo, esta excusa no convence del todo. Aunque se hayan removido o trastocado algunos supuestos en lo que suele relacionar a estas disciplinas, es una conclusión demasiado precipitada derribar las barreras que intuitivamente las han separado.
Para apoyar lo que se vino diciendo, remito a las biografías de las grandes personalidades que se han desenvuelto en ellas, donde, al menos, por lo que yo pude dar cuenta, todos estos planos se encuentran entrelazados formando un solo cuadro, y extirpar alguno de ellos obedeciendo a la lógica que los divide por sus objetos, no significaría otra cosa más que una violencia. Seguramente, las relaciones entre éstos ámbitos son de otra índole de la que suele pensarse.

viernes, 13 de mayo de 2011

Cartas a un joven poeta - Rainer Maria von Rilke

 "¿Cómo habríamos de olvidar esos antiguos mitos que están en el comienzo de todos los pueblos, los mitos de los dragones que, en el momento supremo, se transforman en princesas? Quizás todos los dragones de nuestra vida son princesas que esperan sólo eso, vernos una vez hermosos y valientes. Quizás todo lo espantoso, en su más profunda base, es lo inerme, lo que quiere auxilio de nosotros"

Rainer Maria von Rilke, Cartas a un joven poeta

Justine, El cuarteto de Alejandría - Lawrence Durrell

"Por medio del arte logramos una feliz transacción con todo lo que nos hiere o vence en la vida cotidiana, no para escapar al destino, como trata de hacerlo el hombre ordinario, sino para cumplirlo en todas sus posibilidades: las imaginarias"
Lawrence Durrell, Justine, El cuarteto de Alejandría

sábado, 7 de mayo de 2011

Crítica del Juicio - Immanuel Kant

"Bastarse a sí mismo y, por lo tanto, no necesitar sociedad, sin ser, sin embargo insociable, es decir, sin huirla, es algo que se acerca a lo sublime como toda victoria sobre las necesidades" 
Immanuel Kant, Crítica del Juicio

sábado, 30 de abril de 2011

Ernesto Sábato

Tal vez a nuestra muerte el alma emigre:
a una hormiga,
a un árbol,
a un tigre de bengala;
mientras nuestro cuerpo se disgrega
entre gusanos
y se filtra en la tierra sin memoria,
para ascender luego por los tallos y las hojas,
y convertirse en heliotropo o yuyo,
y después en alimento del ganado,
y así en sangre anónima y zoológica,
en esqueleto,
en excremento.

Tal vez le toque un destino más horrendo
en el cuerpo de un niño
que un día hará poemas o novelas,
y que en sus oscuras angustias
(sin saberlo)
purgara sus antiguos pecados de guerrero o criminal,
o revivirá pavores,
el temor de una gacela,
la asquerosa fealdad de comadreja,
su turbia condición de feto, cíclope o lagarto,
su fama de prostituta o pitonisa,
sus remotas soledades,
sus olvidadas cobardías y traiciones.

Ernésto Sábato

viernes, 29 de abril de 2011

Eloisa to Abelard - Alexander Pope (fragmento)

  How happy is the blameless vestal’s lot!
  The world forgetting, by the world forgot.
  Eternal sunshine of the spotless mind!
  Each pray’r accepted, and each wish resign’d.


Alexander Pope, Eloisa to Abelard
 Traducido queda algo como ésto:

  “Qué gozosa es la virginal suerte del inocente
  olvidando el mundo por el mundo olvidado.
  Eterno resplandor de una mente sin recuerdos
  por cada plegaria aceptada, cada deseo abandonado”


 
Es el fragmento que da nombre a la película "Eterno resplandor de una mente sin recuerdos", con Jim Carrey y Kate Winslet, dirigida por Michel Gondry

Del Humor - Samuel Schkolnik

Del Humor

Lo que llamamos realidad se halla aureolado de lo que, sin ser real, constituye algo así como su atmósfera. En esa región se encuentra lo posible, sin ser empero un hecho; lo que no puede ser señalado con el dedo por ser abstracto, o futuro, o pasado, y sólo puede entonces captarse mediante una representación; lo que no sólo no está dado, sino que es exactamente lo contrario de lo dado, pero por eso mismo configura una evocación inevitable; lo que, en una palabra, sin ser real, es "casi" real.
Nótese que "casi" real no se reduce a la pura irrealidad: un círculo cuadrado, una montaña infinita o un hombre inmortal no cuentan en su ámbito. Éste, sin bien "irreal", es fronterizo de la realidad. Y como la comprensión de toda la realidad exige la percepción de sus límites, cabe afirmar que sólo comprende los hechos quien es capaz de aprehender ese medio amniótico de "no hechos" en que aquéllos se bañan.
La ciencia, la filosofía, la literatura de ficción, la poesía, son capaces de iluminar la realidad precisamente porque tienden a ir más allá de los hechos crudos, por su aptitud de sumirse en esas aguas nutricias de las que las puras cosas emergen, aquí y allá, como cristalizaciones.
Pues bien, el humor -aunque ello no siempre resulte evidente- pertenece a la familia de aquellas ilustres actividades del espíritu, productoras todas de alguna clase de teoría de la realidad.
El motivo que impide percibir ese parentesco es que el humor forma parte de todo aquello que, en los negocios ordinarios de la vida, "no va en serio", pero de buenas a primeras lo humorístico no ha de tomarse literalmente; su letra no es la de la prosa en que se componen los asuntos corrientes de las personas. Un contrato no se redacta ni se firma en broma, no es un chiste pagar impuestos ni cumplir horarios. Por otra parte, es arduo avistar una semejanza entre el humor y unos menesteres que, como la filosofía, la ciencia, y la poesía, comercian sin conflicto en registros del espíritu de los que lo humorístico se halla por completo excluido, a saber: la solemnidad, el duelo, la melancolía. Cuando se celebra misa, cuando se entona el himno nacional, cuando se comunica un pésame, conviene abstenerse del humor.
¿Por qué nos empeñamos en sostener, entonces, que el humor es pariente de aquellos oficios "teóricos"? Pues porque creemos poder identificar el modo en que la mirada humorística aprehende la realidad y, si no erramos en nuestra creencia, resultará que ese modo es análogo al de aquellas actividades "serias", aunque -como esperamos mostrar- lo es en sentido contrario.
En efecto, hemos dicho que las cosas reales se hallan como suspendidas en un medio de "no cosas", o de cosas virtuales, que ejercen una gravitación sin la cual la realidad no podría ser comprendida. Esa gravitación obra de dos sentidos: por una parte, atrae a las cosas hacia un ser más que lo que son, las impulsa hacia la unión con otras mediante la que agrandarían su entidad; por otra parte, retrae las cosas hacia un ser menos que lo que son, las disuelve en sus componentes de menor valía. He aquí que de alguien que no conocemos nos dicen que es abogado; podemos entender que es un profesional de las leyes y por ende de justicia, una persona habilitada para llegar a ser nada menos que juez. Pero también podemos entender que es un diestro en expedientes tribunalicios, acaso un picapleitos no ajeno a vaya uno a saber qué manejos. La primera perspectiva exalta el rasgo percibido vinculándolo con los valores superiores mediante los cuales los portadores de ese rasgo definen su propia realidad; nos dicta locuciones como: "El letrado Juan Ramírez, doctor en leyes". La segunda perspectiva mengua los quilates del rasgo percibido, alumbrando sus aspectos turbios y arruinando sus pretensiones de grandeza; nos dicta frases ingeniosas como: "El letrado Juan Ramírez, abogado pero honesto". En cuando a la realidad misma, es seguro que se halla en algún punto comprendido entre las posibilidades extremas que captan una y otra manera de mirar.
El ejemplo dado es generalizable a todos los asuntos humanos, los únicos que constituyen la materia del humor. (Como se sabe, cuando éste parece versar de la naturaleza, a la manera de las fábulas, se trata de una adjudicación de atributos humanos a los animales o a las plantas).
Ahora bien, mientras la ciencia y la filosofía comprenden la realidad desde su concepto, esto es, otorgándole el crédito necesario para elevarse al orden abstracto de las definiciones (que las cosas, de hecho, nunca alcanzan), y mientras la poesía va más lejos aún, para expresar el anhelo de universo que late en el alma de los objetos, el humor en cambio delata lo humilde de su condición, lo ridículo de una solicitud de crédito presentada por lo que es tan poca cosa.
Así, la antropología o la sociología, definiendo el matrimonio, dirán algo como: "Institución que regula la actividad sexual de los individuos, estabilizándola en vista de la reproducción de la especie y de la socialización de la progenie"; "nupcias perennes de los cuerpos y las almas", dirá la poesía; "helado sepulcro de la pasión", comentará el humor.
Éste, en suma, pertenece al género de las actitudes que contemplan los hechos desde cierta distancia; su gesto fundamental es "teórico", pero en vez de observar hacia arriba observa hacia abajo, donde aparece la diferencia entre lo que las cosas son y lo que afectan ser; donde las cosas, en fin, muestran su hilacha. La súbita percepción de la hilacha de las cosas es lo que dispara la carcajada, o la risa, o la sonrisa, según la calidad de la mirada humorística.
Porque es claro que las formas del humor configuran una escala, en cuyos peldaños inferiores hallamos la mera burla, la comicidad de bufón, mientras que en los grados superiores nos las habemos con la ironía que capta verdades sutiles y profundas, y que no carece de un matiz de compasión, o de simpatía, para con aquello que le mueve a sonreír.
Si lo que llevamos dicho es verdad, se comprenderá fácilmente porqué el humor ha sido siempre uno de los medios más eficaces para poner en tela de juicio cualquier orden social o político. Puesto que su mirada es intrínsecamente crítica, bastará con que se dirija a un sistema de costumbres, o de valores, o de poderes, para que se reduzca al absurdo la justificación que de sí mismos dan tales regímenes. La más disolvente crítica de las ideologías es, por eso, la que recurre al sentido del humor. Recíprocamente, donde éste termina, "comienza el campo de concentración", según aseveraba E. Ionesco.
¿Por qué, sin embargo -salvo el caso de despotismo absoluto o de estupidez extrema- el humor es tolerado, y aun requerido? Pues porque, a diferencia de otras actitudes críticas, como la del grave filósofo que nos endilga sermones sobre los males del mundo, hay en el humor un aire de levedad -de gracia, precisamente- que suscita inmediatos efectos terapéuticos. Los trabajos que forzosamente sobrellevamos por causa de los conflictos inherentes a los vínculos que nos ligan con nosotros mismos y con los demás, hallan alivio en el gesto o en el dicho que declara esas contradicciones, y al declararlas, nos las pone fuera, como si nos purgara de ellas. Y, puestas a distancia, no nos pesan ya con la fuerza del drama ni nos hieren con el filo de la tragedia. Lenitivo y analgésico del espíritu, el humor es un artículo de primera necesidad.
Sus propiedades higiénicas pueden verificarse sencillamente en ocasión de la política y de los velorios, circunstancias que -de no mediar la faena de los humoristas -sólo serían fuente de tribulaciones.
La República Argentina ha sido pródiga en la generación de excelentes profesionales del humor, tal vez en virtud del cuasi teorema según el cual la calidad de los humoristas de una nación varía en razón inversa de la de sus gobernantes. (Un caso límite es el que se presenta cuando los gobernantes resultan ser los peores posibles; en ese caso los extremos se tocan, los gobernantes se constituyen ipso facto en los mejores humoristas, y no hay muestras de humor más meritorias que la sola repetición de sus dichos).

Samuel Schkolnik, Parker 51